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Desperdicio de alimentos: grave atropello social y ambiental.



El director del Departamento Nacional de Planeación (DNP) advirtió hace pocos días que en Colombia la pérdida y desperdicio de alimentos por año equivale aproximadamente al total de los alimentos que importamos en el mismo tiempo, y corresponde a 9,7 millones de toneladas, entre ellas, 6,1 millones de toneladas de frutas y verduras, 772.000 toneladas de cereales, y 29 mil toneladas de lácteos desechados. La información indica que en promedio cada colombiano desperdicia 32 kilos de alimentos al año y que la comida que se bota alimentaría 8 millones de personas.

A nivel mundial se habla de 1.300 millones de toneladas de alimentos que van a la basura, de lo cual son responsables tanto los países desarrollados como aquellos denominados en vías de desarrollo. Los primeros botan el 56% mientras los segundos desperdician el restante 44%, de acuerdo con informes del Banco Mundial (informe Alerta sobre precios de los alimentos).

Estas escandalosas cifras ofenden aún más si tomamos en consideración que cerca de 1.000 millones de personas en el mundo carecen de alimentos suficientes y el 98% de ellos viven en los denominados países en desarrollo, donde son los niños las principales víctimas del hambre y quienes sufren de enfermedades asociadas que los lleva a la muerte. Así lo señala la FAO en el informe sobre ‘Desperdicio de alimentos en época de crisis’ cuando afirma que en América Latina y el Caribe 52 millones de personas padecen hambre, y cerca de 9 millones de niños padecen desnutrición crónica.

Estos análisis postulan la existencia de factores diferenciados que intervienen en el desperdicio de comida, ya se trate de países ricos o países pobres. Para los segundos se habla de falta de infraestructura de transporte, almacenamiento y empaque inadecuados, mientras que en los países ricos la explicación se basa más en los hábitos de una sociedad consumista y de la venta minorista.

Para el caso colombiano el estudio del DNP determinó las etapas en las que se desperdician esas 9,6 millones de toneladas en el país: producción agropecuaria (40,5%); poscosecha y almacenamiento (19,8%); procesamiento industrial (3,5%); distribución y retail (20,6%) y consumo en hogares (15,6%).

Pero además de cifras vergonzosas debemos considerar informes de distintos organismos multilaterales (FAO 2013) que alertan sobre el impacto que el desperdicio de alimentos tiene en los recursos naturales e insumos utilizados en la producción de los mismos, tales como tierra, agua y energía, abonando así a las emisiones de gases de efecto invernadero y a la pérdida de biodiversidad.

Este es pues un tema sembrado de contrasentidos: la evidente contradicción entre el despilfarro de un tercio de los alimentos que producimos en el planeta mientras casi 1.000 millones padecen hambre; el absurdo costo económico y ambiental del desperdicio de alimentos que podrían ser reutilizados o reciclados; el discurso sobre seguridad alimentaria frente al desperdicio de alimentos producidos; el enorme daño que se ocasiona a los recursos tierra, agua, aire, biodiversidad, sin los cuales no sería posible la producción de alimentos.

Recomendaciones emanadas de organismos multilaterales, ubican el rol activo que deben jugar los parlamentos para abordar este tema: “los legisladores tendrán que adoptar una serie de medidas que pueden variar desde marcos de política general a declaraciones de intenciones, de medidas legales no vinculantes como recomendaciones y directrices a otras más firmes, como directivas, reglamentos y leyes aprobadas por el parlamento”.

Fuente: Radio Santa fe

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