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Banco diocesano de alimentos de Cúcuta: dar, resistir y recibir


Nunca sobran los aportes en tiempo, dinero o alimento, para quienes necesitan que otros piensen más allá de sí mismos.


Servir, dar y pensar en el otro son las bases que soportan uno de los programas sociales de mayor trascendencia de la diócesis católica de Cúcuta: el banco diocesano de alimentos, que suma 16 años de entrega a los más necesitados, que se cuentan por centenares.

El banco nació con monseñor Óscar Urbina Ortega y el sacerdote Abimael Bacca, quien hoy dirige la Corporación de Servicio Pastoral Social (Cospas), cuando la violencia arrasó con las vidas de los nortesantandereanos.

Angustiados por la situación regional, la pobreza y el dolor conocieron la experiencia del banco de alimentos de Cali y se inició el proyecto, que actualmente está localizado en la calle 2AN 1-16 del barrio Pescadero.

Para la época también se recibían donaciones de los almacenes Ley cuando el párroco Bacca servía en la parroquia de La Sagrada Familia y ayudaba a familias pobres de La Libertad.


Danwuil Vaca Vargas es el actual coordinador del programa y resalta que en estos años la transformación del banco y de su propia vida son notorios.

Me inicié como mensajero en la Pastoral y luego se me dio la oportunidad de estudiar en la universidad Simón Bolívar, después de 10 años sin hacerlo, para ser trabajador social”, relata. “Pensé que no iba a ser capaz en el primer semestre pero pasé en línea, y tuve más ánimo para continuar. Antes de culminar, me ascendieron al cargo que tengo hoy en día”.

Ahora, trabaja para cambiar otras vidas y que se reconozca el valor de cada donación.

“Hay familias que reciben la ayuda gratuita, pero les digo que también invierten, desde que se levantan hasta que llegan al programa”, dice. “Tiempo, agua, y hasta la suela de los zapatos; en últimas, dan algo de su vida para recibir”.

Tal como se profesa no se trata de dar el pescado, sino de “enseñar a pescar”, para lo cual se encamina a los beneficiarios a transformar lo que reciben, vincularse a asociaciones y trabajar en conjunto para ganarle a las dificultades.

“Ver la gratitud de las familias que tocan nuestra puerta y robarles una sonrisa es satisfactorio, aunque implica desarrollar estrategias para fortalecer a las familias”.

Pero, ¿cómo una entidad que vive de la caridad enseña a los más pobres a salir adelante sin casi nada? Con educación, a través del Sena, la UFPS, y las universidades de Pamplona, Simón Bolívar y Libre.

Esta última, desarrolló un diplomado en gestión empresarial, con el fin de “capacitar y que no solo reciban un alimento, sino que lo sepan utilizar”.


“Hay talleres en los que se les explica cómo transformar sus entorno con ideas de negocio o unidades productivas”, comenta Vaca. “Ahora estamos encaminados en que creen su portafolio. Hay al menos siete asociaciones en este proceso, y se está pensando en hacer una feria empresarial para que muestren lo que han hecho en procesamiento de frutas y verduras, lácteos, confecciones, producción de bolsos, entre otros trabajos según sus destrezas”.

En este proceso, se han gestado distintas anécdotas como la de “una niña desplazada que estaba estudiando una carrera de salud, recibió la ayuda, y al otro día no sé cómo consiguió mi número pero me dio las gracias, porque sus hijos estaban contentos porque habían tenido algo para comer y habían desayunado mejor”.

“Por eso hablo de robar sonrisas y queremos que de eso hagan parte lo empresarios cucuteños, las instituciones, para que tiendan su mano a quien lo necesita”, dice.

La dura frontera

El banco de alimentos no es ajeno a la situación fronteriza y migratoria, e incluso ha tenido que apoyar instituciones católicas de Venezuela.

“Desde antes de que empezaran las deportaciones, con el Centro de migraciones y el Programa Mundial de Alimentos se daba asistencia”, recuerda el director. “En el 2015, desde Abaco (Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia) se apoyó la Causa Cúcuta, y muchas empresas solventaron la situación de las familias retornadas y expulsadas”, con casi dos mil beneficiados y casi 100 toneladas de alimentos entregadas.

Para 2016 y 2017 se dio paso al programa de atención humanitaria, y aunque hay buenos resultados, las dificultades económicas actuales de la ciudad también impactan al banco.

“Teníamos un donante, estaba aportando un recurso económico, pero nos dijo que no podrá apoyarnos más”, cuenta, razón por la que se necesitan más aportes en dinero o productos, en especial porque el banco solo tiene cinco trabajadores; los demás, son voluntarios que donan su tiempo.

“En estos días atendí el caso de una niña que pensó en suicidarse porque tiene tres hijos, sin nadie que le colabore ni trabajo estable, pero si tuviéramos más trabajadores sociales o psicólogos voluntarios mejoraría el seguimiento a los casos”, comenta.

Otra de las necesidades en materia de productos son las frutas y verduras para otorgar una canasta balanceada y nutritiva, pues actualmente se da dos o tres veces por semana fruta a los niños, en el programa de desayunos saludables.

Con mucho o con poco, subsiste el banco de alimentos, con la misma fortaleza de quienes no ceden a las dificultades, “un gran sentido de pertinencia” y entendiendo que “no es solo brindar la ayuda, también es escuchar, mirar a los ojos a las personas, y darles el tiempo que se merecen” mientras se da tranquilidad para una cena, un desayuno o el cambio total de una vida.

Fuente: https://www.laopinion.com.co/cucuta/banco-diocesano-de-alimentos-dar-resistir-y-recibir-151524#OP


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